Argentina y el juego de las dos mitades

Después de un mal primer tiempo, la Selección reaccionó y mejoró su imagen en el amistoso contra Alemania. Con carácter y capacidad de adaptación, se recuperó de un preocupante inicio y dejó aspectos positivos.

En Dortmund, Argentina se enfrentó a un seleccionado europeo por primera vez desde el Mundial Rusia 2018 y el 2-2 amistoso, entre una primera parte olvidable y una remontada destacable, mostró los rasgos característicos del ciclo de Lionel Scaloni: irregularidad, lecturas inconsistentes (al revés de lo ocurrido en partidos anteriores, el planteo inicial mostró falencias y los cambios lo mejoraron), tenacidad para intentar hasta el final y dependencia del juego vertical para lastimar al rival con frecuencia.

Si bien las dos mitades del encuentro no mostraron rendimientos extremos de la Selección, porque en la inicial no fue todo negativo e hizo algunas cosas bien y tras el entretiempo no logró un funcionamiento perfecto, el contraste quedó claro. Entre cambios posicionales y de nombres, el equipo se acomodó mejor y, empujado por el carácter típico de esta etapa, logró una meritoria igualdad.

Las fallas argentinas en el primer tiempo fueron varias, pero estuvieron centradas en la presión, aspecto destacado de este ciclo y base de la muy buena actuación ante México. Sin ahogar correctamente, con salidas descoordinadas, nulo respaldo y una defensa que no achicaba hacia adelante para reducir espacios, a la Albiceleste le costó robar -no sólo en situaciones favorables, sino en general- y, por ende, aprovechar sus jugadores para contraatacar.

En su mezcla de un excelso pasador (Leandro Paredes) y otros jugadores con buen envío final, hombres capaces de conducir o de romper para atacar espacios vacíos (Rodrigo De Paul, Roberto Pereyra y Ángel Correa), un mediapunta técnico y de gran pegada (Paulo Dybala) y un centrodelantero potente y lleno de recursos como para resolver solo o apoyar a quienes llegan (Lautaro Martínez), el once inicial tenía nombres como para lastimar a partir del trabajo de recuperación. Pero esto, entre falencias propias y virtudes ajenas, no ocurrió en los primeros 45′.

La principal vía de peligro quedó sin efecto ante la incapacidad para apretar ordenadamente, quitar y correr, aumentada por una Alemania que en la calma y la habitual claridad para ubicar al hombre limbre de Marc-André ter Stegen encontró un punto de inicio ideal y en los carriles externos, terreno sin oposición para progresar a voluntad.

Desde el privilegiado pie del arquero del Barcelona, el equipo local repetidamente invitó a Argentina a adelantarse y dejar espacio detrás. Sin un trabajo compacto de todas las líneas, los mediocampistas debieron darse vuelta y correr desde atrás con regularidad.

Las salidas y las progresiones por afuera de los europeos fueron una constante en los 45’ iniciales, en especial con un Lukas Klostermann que generó peligro una y otra vez: liberado ante la indefinición argentina para tomarlo (Nicolás Tagliafico, en general con uno de los puntas, no iba a buscarlo y Correa, entre la participación arriba para presionar y los problemas para tomar su espalda, sufrió el retroceso), el potente carrilero del Leipzig se proyectó constantemente y generalmente tomó buenas decisiones al descargar para uno de los tantos desmarques o conducir y mandar un centro.

Sumadas la movilidad de unos atacantes -con Serge Gnabry como líder- que no dieron referencias, aparecieron por sorpresa y generaron espacios con sus desmarques, varios con la idea de empujar a la defensa hacia atrás y abrir grietas (abajo, las flechas blancas), y la técnica para asociarse en espacios reducidos y en velocidad, los de Joachim Löw superaron la presión argentina con facilidad.

Con superioridad desde el principio gracias a sus tres centrales (Emre Can, capaz de conducir, atraer y liberar, Robin Koch y Niklas Süle) y un Joshua Kimmich hábil en la distribución, Alemania también supo lograr superioridades por derecha desde el triángulo formado por Klosterman, Julian Brandt y Kai Havertz, que se impuso al tándem Tagliafico-Correa, algo agravado por la falta de ayuda de Paredes y Marcos Rojo. Otro recurso que manejó bien el seleccionado local fue sumar toques por izquierda para sorprender por el lado débil, como en el segundo gol (imagen inferior).

Ante la dificultad para recuperar y lanzar, Argentina debió iniciar sus ataques desde atrás y enfrentarse a un rival establecido. Esto trajo algunos de los viejos problemas para progresar con pelota, como la innecesaria acumulación de hombres muy atrás, las malas lecturas de los centrales (con Paredes tapado por Gnabry, debieron asumir más responsabilidades y no lo hicieron bien) y las recepciones en malas condiciones (de Pereyra, contra la línea y de espaldas, sobre todo).

Las pérdidas se acumularon, como remarcaron después del partido los protagonistas, con pases entre líneas arriesgados y sin una red de contención que pudiera apretar inmediatamente o traslados exagerados. Los dirigidos por Löw recibieron los errores con los brazos abiertos, los disfrutaron e incluso los podrían haber aprovechado más.

Aun así, la Selección sí encontró algunos caminos para avanzar: frente a una presión local orientada a las bandas, la zona media por momentos fue muy amplia para el dúo Havertz-Kimmich, que tuvo problemas para cubrir el ancho del campo cuando la primera línea quedó atrás y la circulación cambió de lado. En esas situaciones encontraron salida los de Scaloni, especialmente a partir de la movilidad en campo rival de De Paul y, en menor medida, Dybala.

Tres de las cuatro aproximaciones albicelestes en esos 45′, con la excepción de la fallida volea de Correa, llegaron con el hombre del Udinese como protagonista al desprenderse y aprovechar los espacios generados en el medio por una acumulación de rivales sobre un sector: cuando abrió para que Pereyra asistiera el cabezazo bloqueado de Lautaro, cuando no se entendió con el hombre del Inter para un pase filtrado y cuando remató de media distancia tras una conducción sin marca cerca.

En una jugada de ese estilo llegó el descuento, tras un lateral sobre la izquierda que derivó en la derecha y, con nueve jugadores alemanes volcados hacia ese lado y Lucas Ocampos fijando a Klosterman, un cambio de frente del mediocampista ex Racing para Marcos Acuña, que recibió y, con una corrida de Tagliafico que retrasó al lateral y le dio más margen, lució su pegada para el cabezazo de Lucas Alario.

Los tres ingresos antes de los 15′ del segundo tiempo brindaron, además de una actitud renovada, mayor presencia ofensiva y potencia para conducir o desmarcarse, lo que generó, junto con el parado distinto, que la última línea Alemania fuera más estrecha para tomar marcas y así los dos carrileros contaran con espacio para recibir por afuera. Asimismo, Paredes comenzó a tener más lugar para jugar, ya que a los tres delanteros locales se les sumó un central más a tomar, y así pudo mostrar su panorama, con varios avances activados con toques de primera y entre líneas (el envío para Alario en el 2-2 es un ejemplo).

El cambio de sistema también conllevó una clara mejora defensiva: Klosterman y Halstenberg pasaron a estar emparejados con Acuña y Pereyra, respectivamente, y eso corrigió el déficit por afuera, además de que la presión pasó a ser más coordinada y compacta, como prueban los ocho pelotazos o malos pases forzados. La ocupación de espacios mejoró y lo mismo hizo, particularmente desde las salidas de Gnabry y Brandt, una defensa que, tras mantener algunas grietas en el comienzo de la segunda etapa, se adelantó para acompañar el trabajo de recuperación, como hizo Tagliafico en el empate.

La pregunta que se desprende de este amistoso es si el esquema del segundo tiempo podrá mantenerse a futuro, especialmente con el regreso de Lionel Messi. Como sucedió luego de la goleada frente a México debido a un plan -basado en poblar el mediocampo, morder en la zona media y salir de contra- difícilmente replicable cuando el capitán esté en cancha y en Eliminatorias, ya que la mayoría de los seleccionados probablemente buscarán cederle la iniciativa a Argentina, el interrogante se traslada a esta igualdad en Dortmund.

A pesar de que la línea de tres muchas veces parece una condena, la Selección tiene jugadores que hacen creer que sí puede funcionar. Para eso es indispensable que sea trabajada y probada regularmente, no de a ratos o sin seguridad (como pasó contra Venezuela en marzo), para afianzar el sistema y lograr seguridad en los movimientos, sobre todo defensivos.

Scaloni, durante el partido en Dortmund. Crédito: Ina Fassbender/AFP.

Un paso importante para eso es que muchos de los defensores que tuvieron minutos con Scaloni han jugado, de manera puntual o sostenida, así en sus clubes: Lucas Martínez Quarta, Juan Foyth, Lisandro Martínez, Germán Pezzella, Otamendi (además de la habitual salida con los dos centrales y un agregado circunstancial del City, en la 17/18 Guardiola utilizó algunas veces una línea de tres) y Tagliafico. Esa experiencia es un buen punto de partida para asimilar comportamientos, aunque lógicamente con distintos compañeros.

Más adelante, a Paredes le da un respaldo mayor para sus desconexiones defensivas al hacer coberturas o cubrir su espalda, aunque puede ser que resulte perjudicial para el equipo por su tendencia a retroceder para recibir con la cancha de frente, lo que acumularía mucha gente delante de la presión. Los rasgos ideales para quien acompañe (sean uno o dos) al mediocentro del PSG, una fija para el entrenador, serían dinámica y capacidad para desprenderse y pisar zonas ofensivas, que presentan De Paul, Giovani Lo Celso, Exequiel Palacios o Nicolás Domínguez, como ejemplos de futbolistas citados.

Con uno o dos compañeros en ataque, a Messi esta disposición le puede dar, de lograr aceitar un funcionamiento, compañeros que sean capaces de ubicarlo entre líneas y la libertad para bajar a buscar la pelota sin que se pierda peso arriba ni quede encerrado, además de carrileros por afuera para asociarse en corto o en largo y al menos una opción por adentro y otra adelante.

Aunque en la Copa América encontró en el rombo un ecosistema para juntar al astro, Lautaro y Sergio Agüero, para Scaloni es una variante que puede ser útil. Claro que en estas últimas dos giras no ha podido trabajarla con todas las piezas a disposición, si decide implementarla tiene razones, en principio, como para salir bien. De todas maneras, lo más importante es, más allá de la elección, la convicción, la continuidad y la coherencia para aceitarla y pulirla con el correr de las fechas.

Crédito de la foto de portada: Ina Fassbender/AFP.

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