Sin salirse del guión, Atleti y Barça dieron un 1-1 lógico

Como se hizo costumbre en los últimos tiempos, el Atleti y el Barça jugaron un partido cerrado y luchado, en un Wanda Metropolitano que trasladó su ímpetu y energía al campo. Con 15′ electrizantes, fue 1-1.

Lo que se podía imaginar en la previa del partido, sucedió. Antes de la entrada al majestuoso Wanda Metropolitano, lo que se preveía se asemejaba a lo que el Atlético de Madrid y el Barcelona habían entregado en sus duelos recientes: trámites igualados, sin diferencias y de poco atractivo como espectáculo, pero de un rico contenido táctico. En 15 minutos de acción, cada uno logró un gol (Diego Costa, a los 77′, y Ousmane Dembélé, a los 90′) y sumó un punto, para que los blaugranas sean, a falta del cierre de la fecha, líderes y los rojiblancos, escoltas.

Para entender esta tendencia mostrada en los enfrentamientos de estos últimos años, alcanza con repasar el historial desde la llegada de Diego Simeone al banco del Atleti: del primer partido en 2012 al de ayer (con dos victorias, nueve empates y 13 derrotas para el Cholo), sólo tres encuentros terminaron con al menos dos goles de diferencia en el marcador. Una paridad notable, en la que los 4-1 y 3-1 culés de 2012 y 2015, respectivamente, y el 2-0 colchonero de 2016 asoman como intrusos.

El entrenador argentino, que aún se debe derrotar al Barça en Liga ya que los triunfos fueron en Champions, hizo una radiografía perfecta de lo sucedido cuando, concretado el empate, analizó: “Fue un partido trabado, cerrado, sin situaciones de gol para ninguno de los dos. Tampoco hubo contragolpes para aprovechar los espacios. El partido se fue a los detalles: el que se equivocaba, perdía”.

En lo que respeta al juego, pasado el imponente color previo -con una atmósfera extraordinaria que se extendió al partido y un entusiasmo replicado en el campo-, la novedad en el once de Ernesto Valverde fue la vuelta al “4-3-1-2” que le dio buenos resultados la temporada pasada. Con Nélson Semedo en el lateral derecho y Sergi Roberto sumado al medio, Arturo Vidal cumplió el rol que desempeñaba Paulinho.

Crédito de las imágenes: LaLiga.

En parte, la intención de poblar el medio funcionó: luego de haber sufrido ante el Betis, el Barcelona dejó menos espacios detrás de la línea de presión y redujo el terreno para que el Atleti iniciara transiciones, por lo que logró limitar los contraataques. Sin embargo, la mejora en el parado defensivo no se replicó en ataque.

Más allá de la movilidad entre líneas y para apoyar del chileno, que dio muestras de una buena sociedad con Lionel Messi, al recibir detrás del mediocampo y jugar con él o al ser una opción de pared, al Barça le faltó profundidad: Semedo y Roberto no se complementaron y al portugués le faltó terreno para proyectarse, por lo que la banda derecha quedó como una estación para controlar y dar la vuelta; en la izquierda, las habituales corridas punzantes de Jordi Alba fueron bien controladas por un trabajo defensivo con pocas fisuras del dueño de casa.

El Atlético mostró su característica solidez defensiva, reforzada para los duelos grandes. Con dos líneas de cuatro compactas y cerradas más el compromiso de Costa y Antoine Griezmann, otorgó pocos espacios interiores y basculó bien hacia las bandas cuando el Barcelona cambió el sentido de la posesión, algo favorecido por la mencionada ineficacia para atacar del sector derecho blaugrana.

Si bien en los primeros 20 minutos le costó atacar, mejoró cuando Saúl pasó a la banda y Koke se fue al centro del campo, donde gestionó mejor la pelota y le permitió tomar aire en campo contrario a su equipo, que no encontró lugar para correr. Apenas pudo dos veces, en los pies de Griezmann: una en la primera parte, terminada sin peligro ante un cierre fallido de Samuel Umtiti, y otra en la segunda, con un centro atrás que su compañero de ataque no alcanzó a empujar.

En ese juego, el único que mostró chispa y decisión para desajustar los esquemas fue Messi, quien para encontrar margen para sus arranques con frecuencia se retrasó para salir de la maraña de jugadores rojiblancos. Su gambeta, con nueve dribles completados, fue clave para abrir pequeñas grietas en el bloque defensivo, aunque siempre había una ayuda más y el argentino no pudo corresponder su inventiva con ocasiones.

El festejo de Dembélé y Messi, la conexión del gol del Barça. Crédito de la foto: Sergio Pérez.

El ingreso de Rafinha por la lesión de Roberto cambió fichas, pero no el panorama para el segundo tiempo. Vidal pasó a la derecha del rombo y el brasileño se ubicó como enlace o falso extremo, aunque la falta de profundidad se mantuvo. Semedo contó con más lugar, pero le faltó decisión. Lo que sí se modificó fue el contexto de juego, que ganó en fricción y roces, para un total de 31 faltas (19 locales y 12 visitantes).

En ese marco, el más beneficiado sólo podía ser uno: el Atleti. Con un Costa -tan mañoso y provocador como peligroso y decisivo- metido de lleno en el juego que más le gusta como bandera, los del Cholo encontraron el gol a partir de la pelota parada, quizá la manera más factible que tenía para convertir, sobre todo por las reiteradas ocasiones en las que el Barça le permitió cargar el área.

Al estar en desventaja, Valverde utilizó a los dos extremos que tenía en el banco: Dembélé y Malcom. Su ingreso, por Arthur y Vidal, respectivamente, sí cambió el mapa del campo: dieron amplitud más arriba y permitieron un juego hacia las bandas más directo y profundo, ya que el conjunto no debía acumular toques por adentro para esperar la subida de los laterales.

El Atlético se encontró en dificultades para bascular con facilidad, como hacía anteriormente, y así llegó el gol del francés -quien aparecía como necesario para el Barça para, aun con el riesgo de sus pérdidas, tener electricidad, decisión y alguien más que agite en los últimos metros-, tras una buena asistencia de Messi. Un empate que se ajustó más a lo visto en el campo, en una fiel representación de los cruces recientes entre ambos.

El guión fue el imaginado, pero también mostró energía -en las tribunas y, a veces en exceso, en la cancha- y un final apasionante. Sin un derroche de ocasiones y con un duelo pensado hasta en demasía, el 1-1 era casi lógico.

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